lunes, 31 de marzo de 2014

¡Mariguana, carnales, mariguana!

El museo del Chopo revisa la revolución cultural y juvenil de los años sesenta en México con la exposición 'Sexo, drogas, rock & roll' PABLO DE LLANO.
Eso se escucha en un vídeo con imágenes del Woodstock mexicano, el Festival de Rock y Ruedas de Avándaro. Fue a las afueras de México DF. Tenían pensado que hubiese música y una carrera de coches, pero aquel fin de semana de 1971 llegó tanta gente que tuvieron que suspender el rally. Durante la fiesta, un helicóptero del gobierno sobrevoló el lugar en el que miles de jóvenes se consagraban al hipismo. En algún momento libérrimo, una chica sacó los pechos al aire. Los medios se indignaron por todo aquello. El Festival de Rock y Ruedas (sin ruedas) no se volvió a repetir. Sexo, drogas, rock & roll. Arte y cultura de masas en México 1963-1971 se puede visitar en el Museo Universitario del Chopo de México DF. Dirigida por Daniel Garza y por Esteban King, la exposición arranca en el 63 porque fue el año que se estrenó Fun in Acapulco, una película de Elvis Presley ambientada en México pero que se hizo sin que Elvis La Pelvis pisase México. El gobierno de López Mateos lo había declarado persona non grata por sus juegos de cintura y porque en 1958 se formó un caos notable en un cine del DF por el estreno de una película suya: el aluvión femenino fue tal que hubo muchas chicas que no pudieron entrar y encima, dentro, una asociación juvenil de derechas se puso a lanzar papeles con fuego desde la segunda planta y se tuvo que suspender la premiere de la película de La Pelvis. En la pared de enfrente al vídeo de Fun in Acapulco hay unas fotos de hongos alucinógenos y de jóvenes en sesiones de intoxicación de la conciencia. Las imágenes son de un archivo del gobierno, que las clasificó con esta descripción: “Existencialistas. Abandonados por el aseo, pelo y barba con ropas sucias, especialmente americanos, pero hay todas las nacionalidades”. Daniel Garza dice que la cultura de las setas alucinógenas creó “un flujo internacional” alrededor de México. Ya en los cincuenta el etnomicólogo Gordon Wasson había visitado a la chamana María Sabina para que lo introdujese al mundo de los hongos maravillosos y había publicado un reportaje de impacto en la revista Life. Entre finales de los sesenta y principios de los setenta, el psiquiatra mexicano Salvador Roquet llevó a cabo terapias grupales de exploración del subconsciente con hongos. En la exposición hay obras de artistas actuales que hacen referencia a los temas que se tratan. Sobre el asunto de los viajes con setas está la obra Psicosíntesis Technicolor (2014, Naomí Rincón y Enrique Arriaga), un vídeo surrealista con una canción inventada cuya letra es un curioso desvarío: Ha nacido el cura bueno y limpio, dice, allí donde está el agua sagrada limpia, dice, Padre santísimo, por poner un ejemplo de una estrofa. Garza menciona otra particularidad de la cultura sesentera mexicana: la versión local del color field painting (pinturas de campos de color), surgido en los cincuenta en Estados Unidos. Considera que en México este estilo produjo obra “más caóticas y orgánicas” que las de estadounidenses de esa corriente como Frank Stella o Kenneth Noland, de composiciones más geométricas. En el Chopo se pueden observar esas mutaciones mexicanas del color field en dos obras, una de Luis López Loza y otra de Arístides Cohen. Sexo, drogas y rock & roll también incide en la manera en que este movimiento cultural fue adquiriendo hacia los setenta más sustancia ético-política, lo que creó tensiones con el autoritario gobierno de entonces. Con la matanza estudiantil de Tlatelolco (1968) como referencia, la exposición alude a otros momentos indicativos de esa cuestión: en un vídeo breve se ve cómo el presidente Gustavo Díaz Ordaz declara solemnemente inaugurado el Mundial de México 70 y en cuanto se calla se escucha un abucheo general en el estadio Azteca. Díaz Ordaz mira a derecha e izquierda con una cara estupefacta, como si en vez de ciudadanos cabreados estuviese ante un anfiteatro de marcianos recién llegados a disfrutar de la Copa del Mundo. Al final de la exposición hay un cuaderno en el que los visitantes pueden dejar sus mensajes. Uno de ellos pintó un hongo alucinógeno que exclama “¡Chido!”, y otro dibujó un muñeco ahorcado pero en una postura muy cómoda, sonriente, con los ojos girando en círculos concéntricos y una leyenda que dice: “¡Un gran viaje!”.

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